En septiembre fue noticia que OpenAI resolvió en 90 horas un problema matemático que se había mantenido sin respuesta durante 90 años. El ratio: una hora igual a un año es escalofriante y es una muestra clara de la capacidad de los agentes de IA capaces de realizar tareas autónomas, quién sabe con qué consecuencias.
La noticia también causó revuelo en la comunidad matemática por otra razón, ya que sobrevuela la posibilidad de plagio. La noche anterior al anuncio de OpenAI, un profesor de matemáticas de la Universidad de Nueva York emitió un comunicado en el que informaba que él y un investigador de Anthropic (la competencia de OpenAI) habían estado estudiando el problema en cuestión y habían utilizado una combinación de grandes modelos de lenguaje, incluido Codex, de OpenAI. Mientras se preparaban para hacer públicos sus resultados, contactaron a los investigadores de OpenAI y posteriormente se enteraron de que estos estaban a punto de realizar un descubrimiento similar.
Los matemáticos más respetados del mundo expresaron su preocupación por cómo el uso de la IA para resolver problemas matemáticos tan complejos podría llegar a empobrecer la disciplina. “Es como ver una película y saltar de los primeros diez minutos a los últimos diez: técnicamente, todas las tramas se resuelven, pero se pierde la experiencia”, declaró Terence Tao, profesor de matemáticas de la Universidad de California.
Las reacciones de los principales referentes de las matemáticas a nivel global comenzaron a hacerse públicas en las redes sociales y llamativamente mostraron el impacto emocional. El matemático francés Hugo Duminil-Copin, ganador de la Medalla Fields 2022, declaró: “El martes por la noche lloré y el llanto despertó a mi hija. Han aniquilado mi campo de investigación, están destruyendo nuestra actividad”. OpenAI publicó de forma masiva más de 700 manuscritos y demostraciones matemáticas generadas por IA, devastados por la velocidad y el avance tecnológico, los matemáticos del mundo se ven superados por una fuerza automatizada que es demoledora. El 6 de octubre, al unísono de que Saturno estuvo más cerca de la Tierra – según su ciclo sinódico, sabemos que fue el día en que se perfeccionó la oposición del Sol con Saturno -, se liberó la publicación antes mencionada de más de 700 manuscritos y materiales de prueba sobre enigmas matemáticos que forman parte del campo de investigación de los matemáticos académicos más importantes del mundo.
La reacción institucional más dura vino de la Association for Human Mathematics, que tildaron la publicación masiva de acto hostil: “Publicar más de 700 archivos de una sola vez no es una muestra de erudición alguna, sino una ostentación de poder. Instamos a los matemáticos a dejar de colaborar con OpenAI y a volver a una visión de la ciencia centrada en la comprensión humana”.
Para Enrico Bertini, matemático académico que usa IA, lo que más le molesta es el doble estándar. Señala que a un autor humano se le exigiría mejorar un manuscrito ilegible, en cambio, ahora se espera que sean los matemáticos quienes dediquen su tiempo y conocimiento para limpiar la basura que produce OpenAI en favor de sus ingresos comerciales. En esta catarata de manuscritos, las resoluciones brillantes se mezclan con documentos basura, sin valor alguno.
Uno de los tantos testimonios desgarradores sobre este asunto vino de Tristan Humbert, un joven investigador: “Esta mañana me desperté con un mail que me avisaba que OpenAI había anunciado la demostración de un problema abierto desde hace tres décadas, que fue el tema de mi doctorado y la motivación de mi investigación. Lo primero que sentí fue tristeza, después sentí angustia, porque estoy postulándome a posdoctorados y buena parte de mi plan de investigación quedará obsoleto. Pasé toda la mañana reescribiendo todo y mandando mails desesperados a mis directores”. Y agrega algo que comienza a marcar una tendencia: “El estándar de OpenAI para publicar matemática es demasiado bajo y está dañando la investigación matemática, quizás de manera irreversible. La comunidad matemática, movida por una genuina curiosidad científica, está aceptando trabajar gratis para validar demostraciones basura”
¿Qué se pierde cuando lo que llevaba décadas se resuelve en horas? Terence Tao, matemático australiano-estadounidense considerado uno de los más brillantes de su generación, expone argumentos interesantes para pensar el asunto con más perspectiva. Contrapone dos épocas: la matemática tradicional, funcionaba bajo el supuesto de la escasez de demostraciones. Encontrar la solución de un problema abierto y probar que era correcta era difícil y poco frecuente, y en general requería de mucha experiencia. Las instituciones se organizaron en torno a esa escasez.
Hoy, en cambio, la matemática ofrece un terreno donde la IA puede resolver en horas lo que ha llevado años y medir sus avances sin ambigüedad. Los laboratorios de IA la eligieron como frente prioritario e invirtieron masivamente en el campo de las matemáticas. Esa inversión produjo el cambio de época: lo que antes era escaso, porque cada demostración nueva costaba años de trabajo experto, ahora se produce en sobreabundancia. A eso Tao llama la “era de la abundancia de demostraciones”. Y su preocupación es que la disciplina, organizada durante un siglo en torno a la mencionada escasez, no sabe lidiar con esto. Estamos camino hacia una era de enormidades titánicas que afligen lo humano, el campo de las matemáticas es un comienzo.
Los problemas abiertos son como faros que orientan a los matemáticos hacia zonas desconocidas. Llegar a estos faros prematuramente mediante herramientas automatizadas puede trastocar la exploración de caminos no recorridos y esterilizar el campo del conocimiento, el específico y el aledaño.
Usar la IA para resolver problemas difíciles o imposibles para el genio humano, fagocita el conocimiento sin reponer comprensión, como quien agota un recurso sin regenerarlo. Los caminos quedan clausurados antes de recorrerse, y con ellos todo lo que podría haber surgido como producto de la imaginación y la experimentación de los seres humanos, la prueba y el error que compone el ámbito científico. El faro está para que los barcos puedan navegar en la noche, no para evitar que naveguen. Un problema abierto mantiene fértil el terreno que lo rodea. Mientras no está resuelto, sigue generando preguntas, intentos, técnicas nuevas, conexiones con otras áreas del conocimiento.
Si lo valioso es el recorrido, no solo la resolución de la pregunta, la cuestión comienza a ponerse existencial. Si la perfección de la máquina puede resolver en horas lo que a la humanidad le ha llevado décadas, entonces, ¿para qué?
Turn! Turn! Turn! (¡Gira! ¡Gira! ¡Gira!)
Steven Strogatz es un matemático estadounidense, profesor en la Universidad Cornell. Fue entrevistado por el NYT a propósito de la publicación indiscriminada de OpenAI y, si no se aclaraba que era matemático, hubiera pensado que es un hombre de la filosofía en medio de una profunda crisis existencial.
Periodista: Vengo pensando mucho en el sentido de la vida, algo así como «¿para qué?».
Strogatz: El otro día, en una asamblea del departamento de Matemática, se juntaron los estudiantes y los profesores. Y en un momento un estudiante dice: «¿entonces para qué? Si la IA puede hacer matemática mejor que cualquier ser humano, yo podría sentarme a aprender de ella, pero también quiero descubrir cosas. Quiero la emoción del descubrimiento. No quiero que mi vida sea en vano”. Recordé de una vieja canción de Pete Seeger: «Turn! Turn! Turn!» (Gira, gira, gira). Viene de una frase bíblica del Eclesiastés. El autor mira a su alrededor y trata de entender para qué es todo esto. Y la enseñanza, tal como yo la entiendo, es que la vida es valiosa porque es breve, hay que aprovecharla mientras estamos acá. Tenemos un tiempo y después somos cenizas, polvo que retorna al polvo. Lo hermoso es lo que pasa en el medio.
La entrevista termina con la periodista y el matemático conmovidos, llorando (me incluyo en la lloradera). Lo que menciona el matemático es el pasaje del Eclesiastés 3:1-8:
Todo tiene su momento oportuno, y cada cosa creada bajo el cielo tiene su tiempo:
tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado
tiempo de matar y tiempo de curar, tiempo de destruir y tiempo de construir
tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de hacer duelo y tiempo de bailar
tiempo de esparcir piedras y tiempo de juntarlas, tiempo de abrazar y tiempo de dejar de abrazar
tiempo de ganar y tiempo de perder, tiempo de guardar y tiempo de tirar
tiempo de romper y tiempo de coser, tiempo de callar y tiempo de hablar
tiempo de amar y tiempo de odiar, tiempo de guerra y tiempo de paz.
La noticia de octubre ha dejado en los matemáticos la noción de fin de ciclo, de que su campo de conocimiento tal como se ha desarrollado por décadas entró en una fase de transición sin retorno ¿será la condición de posibilidad para un renacimiento? A esta entrada la estoy escribiendo en plena conjunción inferior de Venus y el Sol, Venus Cazimi, una parte relevante del ciclo sinódico de este planeta. Arquetípicamente es el momento en que la diosa que ha descendido al inframundo, consuma su sacrificio donde encuentra la muerte. Su renacimiento como luz de la mañana está prometida en una fase posterior.
Hay un tiempo para cada cosa en este devenir, en este intermedio vivo sujeto a corrupción y regeneración. Las AI están «colgando del gancho a la civilización». Al igual que Ereshkigal, este oscurantismo inteligente está preñado y pariendo sus hijos, mientras los seres humanos experimentamos las severas consecuencias de las encrucijadas: la ambiental por un lado y la tecnológica por otro, ambas amenazando la existencia.
El mito babilónico dice que de la suciedad que se encuentra debajo de las uñas del padre espiritual de la diosa Inanna, se crean unos seres caricaturescos que le darán el agua de vida a la diosa para que resucite. La resolución del mito es inesperada para la mente heroica occidental. Dicen que la comedia es la tragedia más tiempo, y el tiempo, nos recuerda el Eclesiastés, no es algo que solamente padecemos, sino que hacemos, es decir, nos pertenece. Probablemente no sea la hora de los superhéroes ridículos de Marvel sino de seres pequeños, hechos de los escombros civilizatorios, capaces de devolver la belleza y la virtud al mundo.
El futuro llegó hace rato, todo un palo
Hasta hace unos años, buena parte de la astrología contemporánea miraba con emoción y entusiasmo el 2026 que estamos transitando. El astrólogo francés André Barbault, una referencia destacada en astrología mundana, destacó la importancia de ciclos planetarios de larga duración para marcar puntos de inflexión históricos. En varias fuentes contemporáneas se afirma que Barbault predijo una crisis en el 2020 y anticipó para 2026 una etapa muy favorable, “un relanzamiento espléndido de la civilización”.
El pronóstico para el 2020 fue contundente. Años antes de la COVID-19 advirtió que una severa compresión planetaria hacia el 2020 apuntaba hacia una pandemia global, y es lo que efectivamente ocurrió. A medida que se comenzó a salir del confinamiento y de los picos de crisis que tuvo este evento global, muchos astrólogos contemporáneos comenzaron a mirar con excesivo optimismo el siguiente pronóstico de Barbault para el 2026. Tan acertado fue el primero que quisieron ver en el segundo una especie de luz al final del túnel. Así nace la famosa “cesta de Barbault”.
Según Barbault, 2026 debía ser uno de los puntos más altos del siglo XXI, un giro copernicano para el planeta, visualizando un periodo de progreso y de renovación, un renacimiento cuya semilla se implantaría en julio del presente año en una configuración de sextiles y trígonos de la cual forman parte los planetas exteriores, los aparentes parteros de esta novedad. Sus repetidores no tardaron en rebautizar el presagio como “cesta” o “canasta” y en proyectar todas estas promesas en los avances tecnológicos. A momento, la cesta de Barbault se está manifestando como un shock tecnológico que dejó a las matemáticas académicas en crisis como un anticipo de lo que vendrá: la IA irá paulatinamente sustituyendo tareas, alterando el mercado del trabajo, dejando a muchas ocupaciones obsoletas y desempleados a los seres humanos que operan en ellas. «Todo un palo, ya lo ves».
Austin Coppock observa que Barbault, en las páginas anteriores al célebre párrafo optimista, examina con rigor histórico las configuraciones involucradas en ese pronóstico del 2026. Le resulta desconcertante que un pasaje tan breve y excepcionalmente esperanzador haya adquirido tanta notoriedad. Chris Brennan, por su parte, cuestiona que se exalten los trígonos y sextiles sin considerar los factores tensos de julio de 2026, especialmente la oposición Júpiter-Plutón y la conjunción Marte-Urano. No corresponde interpretar que una configuración sea inequívocamente benéfica por la presencia de aspectos armónicos, ignorando las configuraciones simultáneas que tensionan esa interpretación optimista en exceso.
Estos saltos interpretativos se han tornado frecuentes en la astrología de redes sociales: se pasa de una configuración astrológica poco habitual a la afirmación de que la humanidad experimentará una transformación espiritual o que pasará por un portal cósmico extraordinario. Quizás sea asunto para otra entrada este terrible “problema hermenéutico” (solo por ser elegante y respetuosa con los lectores) en el que se convierten recortes arbitrarios en hitos o anuncios espectaculares.
Solo por un momento, tomemos por cierto este optimismo absurdo producto de una interpretación fragmentaria (o fraudulenta) que distorsiona, incluso, al propio Barbault. ¿Este progreso es igual para todos? O como en el darwinismo social, vuelve a los peces grandes más grandes y los pequeños quedan reemplazados por la máquina ¿Quién se beneficia realmente de esta presunta transformación que se presenta como progreso? La oposición Júpiter-Plutón obliga a considerar quién controla los recursos y quiénes quedan excluidos. Hago propias las palabras de Terence Tao: esto no es un relanzamiento espléndido de la civilización, es una demostración de omnipotencia al mejor estilo de los titanes mitológicos.
La era está pariendo un corazón
En los mitos antiguos hay destellos interesantes para entender lo que sucede con el titanismo, incluso los de esta era. En el mito de Dioniso, hijo de Zeus y Perséfone en una de sus versiones, Zeus lo nombra su sucesor, lo que enfurece a Hera, que instiga a los Titanes a matarlo. Los Titanes se blanquean la cara con yeso para pasar desapercibidos, distraen al niño ofreciéndole juguetes. Entre esos juguetes está el espejo: el niño se queda absorto en su reflejo y en ese momento lo atacan, lo despedazan, y lo devoran. Atenea logra rescatar el corazón de Dioniso y se lo lleva a Zeus, que fulmina con su rayo a los Titanes. A partir del corazón, el niño renace. Según la tradición órfica, del hollín de los Titanes nace la humanidad. Como los Titanes habían devorado a Dioniso, la humanidad nace dionisíaca y titánica: contiene la semilla de la violencia primordial y la chispa divina.
Al tiempo que Saturno, el gran Titán, se encontraba más próximo a la Tierra durante octubre, la IA titánica mostró varios aspectos de su omnipotencia: su capacidad de torcer y alterar el tiempo, de acelerar nuestra concepción de “año” y convertirlo en “hora”, como los clips de Instagram que comienzan con el final para retener la atención del disperso. Los Titanes están volviendo estériles los campos donde hacemos experiencia y comprensión humana, las zonas intermedias entre inicio y desenlace. A cambio, ofrecen juguetitos fascinantes con las IA generativas, que llevan los contenidos que producimos a formas igual de fascinantes.
La fascinación pueril que se tiene con esto, convive con la evidencia de que los Titanes nos están devorando. Algunos hablan de suplantación, otros como los matemáticos, afirman que nos están poniendo a su servicio, entrenando esta superinteligencia. En el mito antes mencionado, Atenea irrumpe en la escena para rescatar el corazón todavía palpitante, la chispa divina que nos corresponde como humanidad. Volver a un mundo centrado en la comprensión humana y no en la comprensión de la máquina puede ser, tal como lo expresó Tao, una gesta ateneica que nos rescate. La verdadera oscuridad radica en que el conocimiento se vuelva ajeno a la comprensión humana. Pero no es suficiente, a mi juicio.
La perfección de la máquina nos ha atrapado por completo. Se ha construido una inteligencia artificial que posiblemente sea el sueño dorado de nuestra mente prometeica, un logos invicto que pone de rodillas a las mentes más brillantes de la academia. Hasta hace poco incluso ahora, solo es considerado legítimo y verdadero aquello que solo puede ser probado por el método científico. Se inaugura otro tribunal: los Titanes de las inteligencias artificiales ocupan ese lugar y ponen a los primeros a revisarles la basura.
Encontré en la angustia, el enojo y la reflexión de los matemáticos los latidos del corazón de Dioniso sostenido en la mano de Atenea. Las instituciones que nuclean a los matemáticos más importantes del mundo, tienen hoy la herramienta más poderosa que tuvo nunca la matemática, y está siendo usada para completar el checklist de los pendientes del siglo XX. Es como tener un artefacto nuevo y usarlo solo para reconfirmar lo que está en el pasado y no en el futuro. En esa crisis e imposibilidad de imaginar escenarios y porvenir se encuentra el nudo del asunto y el latido.
Sobra potencia pero faltan imágenes de futuro.
¿De dónde nace la imaginación? ¿Qué elementos la constituyen? ¿Es humana? ¿Es divina? Para algunos, la creación imaginaria se arma con elementos tomados de la realidad. Por eso, la actividad imaginativa está conectada con la experiencia. Al esterilizar el campo de lo humano la IA atenta contra este tipo de creación experimental. Pero la imaginación también permite ir más allá de los límites de la propia experiencia, es humana y también divina. No solo inventa, sino que canaliza. Para Ibn Arabi, el corazón tiene dos ojos, la razón y la imaginación, y el predominio de cualquiera de los dos distorsiona la percepción. Acá la imaginación no es ni puramente humana ni puramente divina, se encuentra en un plano intermedio, en presencia de lo humano y también en presencia de lo divino. ¿Qué sucede cuando la humanidad se separa de lo divino? James Hillman ensaya una respuesta:
“En ausencia de los dioses, las cosas se hinchan hasta volverse enormidades. Un signo de la ausencia de los dioses es lo enorme, es la descripción horrenda y fascinante de estos tiempos: agujeros negros, conglomerados, guerra de las Galaxias. Se presenta en las imágenes de las corporaciones multinacionales, en los océanos contaminados o en los grandes cambios climáticos, la enormidad es la firma del Dios ausente. Solo quedan los atributos divinos: la omnipotencia, omnisciencia y omnipresencia. Sin el gobierno benévolo de la divinidad, la Omnipotencia, la Omnisciencia y la Omnipresencia se vuelven dioses. Vuelven los Titanes”, dice Hillman. Cuando olvidamos y descuidamos a los dioses, vamos más allá de los límites fijados a los mortales. “¿Ven por qué tenemos que mantener a los dioses vivos y en buena salud? Lo pequeño es hermoso pero requiere un paso previo: el regreso de los dioses”, agrega Hillman.
Los dioses brillan por ausencia en el mundo desencantado que hemos creado hasta aquí. En el miedo, la indignación y la conmoción de los matemáticos hay un componente de cura interesante para la enormidad horrenda de los Titanes, esto los mantiene vivos para el mundo y al mundo vivo para ellos. Nadie quiere una ciencia alejada de la comprensión humana, pero para esto la creatividad y la imaginación deben hacerse presentes, y con ella los dioses: ubicarse en el alma en el mundo. La escena del prestigioso matemático Steven Strogatz escuchando a “The Byrds” y ensayando respuestas a partir de los versículos del Eclesiastés sintetiza el gesto: cada cosa creada bajo el cielo tiene su tiempo, necesitamos reconocerlo y dejar de recrearnos en el reflejo de los titanes.