Este trasfondo permite volver al símbolo astrológico de Sagitario. Entre sus caracterizaciones tradicionales, pueden destacarse tres: es un signo incompleto, bicorpóreo y enigmático. Es incompleto porque parte de sus estrellas quedan fuera de la faja zodiacal, lo que se asocia con falta de concreción y con procesos que no llegan a una definición cerrada; lo sagitariano permanece abierto y en desarrollo. Es bicorpóreo o mutable: antes de concluir, surgen desvíos que modifican el rumbo. Es enigmático por su naturaleza ambivalente, donde conviven un impulso instintivo y otro racional, tensiones que pueden originar conductas problemáticas. En conjunto, Sagitario aparece ligado a una naturaleza mixta o multidimensional, cuyo desafío es articular esas dimensiones, función en la que la regencia de Júpiter resulta decisiva.
Los mesopotámicos, creadores de la constelación sagitariana, representaron a Sagitario como un centauro bicéfalo, con una cabeza humana mirando hacia adelante y otra bestial hacia atrás. Las inscripciones cuneiformes lo describen como el “Fuerte” o el “Rey Gigante de la Guerra” y lo sitúan bajo la tutela de Nergal, dios marcial con el que identificaban a Marte. Históricamente, el signo encarna el valor ardiente de Marte moderado por la sabiduría y benevolencia de Júpiter. Deborah Houlding señala que la imagen del centauro pudo surgir tras la domesticación del caballo, entre el 3000 y el 2000 a. C. Los primeros en usarlo en batalla fueron los escitas, arqueros ecuestres cuya destreza generó asombro y temor; se dice que al verlos por primera vez, los griegos creyeron que caballo y jinete formaban un solo ser, origen mítico de la figura del centauro. Negar los aspectos feroces del simbolismo del signo es negar su origen. Los textos antiguos no dejan dudas sobre la influencia esencial de sus raíces marciales, aunque autores posteriores las hayan oscurecido, tratándolas como una exageración del carácter efusivo de Júpiter.
En sus ensayos, Aby Warburg refiere a los astrólogos como figuras jánicas, en alusión a Jano, el dios romano de las dos caras que miran en direcciones opuestas: pasado y futuro. Astrólogos insertos en un campo de oscilaciones donde se tensionan el logos y la magia: una discrimina, la otra religa. Desde esta clave, la versión mesopotámica de Sagitario puede pensarse como una figura jánica: lo jupiteriano y lo bestial coexisten en tensión, con una faceta beligerante reprimida y activa. Ancestralmente, Sagitario encarna el valor ardiente bestial o marciano templado por la benevolencia y la sabiduría de Júpiter. El espacio de oscilación que se produce entre lo marciano y lo jupiteriano —que en cierto nivel funcionan como antípodas— resulta central para comprender el signo.
En este sentido, Horses (1975) de Patti Smith puede leerse como una expresión artística de esta tensión sagitariana. Patti Smith es Sagitario Ascendente. En Horses, buscó rescatar la potencia del rock cuando aún era “arte del pueblo” y no un desfile de celebridades. El caballo desenfrenado aparece como símbolo de una vitalidad arrolladora que busca ser liberada. En la poética de Patti, Johnny es un marginal u outsider, el cuerpo donde cae la violencia y el colapso; también el lugar donde se desgarra la conciencia e ingresa violatoriamente un éxtasis desorganizante: los caballos. En Horses se describe una escena de violencia que deviene en trance. Un perpetrador se fusiona con el entorno para atacar desprevenidamente a Johnny, que se disocia y comienza a ver caballos que lo rodean en todas direcciones, hasta quedar completamente rendido y entregado al trance.
Desde otra perspectiva, Ken Wilber denomina “tifónica” a cualquier figura mitad animal y mitad humana. En Up from Eden, utiliza esta noción para describir un estado temprano de la conciencia humana, cuando el individuo no se sentía separado de su cuerpo ni del mundo. La mente tifónica es instintiva, arcaica y sensorial; una percepción inmediata, inmersa en un campo vivo de fuerzas y presencias, anterior al pensamiento racional. En el mito, Tifón es la fuerza caótica primordial que se enfrenta a Zeus, y su combate decide si prevalece el caos telúrico o el orden olímpico. En esta clave, la tensión entre la mente tifónica y el principio jupiteriano sintetiza el conflicto entre lo bestial y lo civilizatorio en Sagitario.
Para Melanie Reinhart, la sensibilidad tifónica —como en la iniciación chamánica— se basa en una experiencia directa del campo de fuerzas que captan los sentidos. Mientras la conciencia racional discrimina y separa, esta otra conciencia intuye el sentido oculto de los acontecimientos y su carácter numinoso. La conciencia “primitiva” reúne paradojas que desconciertan a la mente occidental, habituada al pensamiento cartesiano-newtoniano, dominios mercuriales y saturninos. En la lectura de Wilber, la irrupción tifónica puede traer confusión, delirios, experiencias numinosas desbordantes, pérdida de límites y un éxtasis difícil de contener.
En Sagitario, lo jupiteriano y lo bestial coexisten en una tensión tan conflictiva como creativa. Antes del arco y de la dirección consciente, está el centauro.